A Zoe

14434900_1090519311039507_7080017159462753528_oCuidaros me hace fuerte, me hace sabia. Me obliga a aprender cada día, virtudes del ser humano que ningún otro individuo de mi especie ha sabido enseñarme.
El sentimiento de que las personas humanas no merecemos el planeta en el que vivimos es ahora más intensa que nunca, cuando sé que jamás se te compensó tu entrega y fidelidad, tu paciencia y bondad primitiva.
Cuando sé que aún así fuiste afortunada, porque hay demasiados otros como tú que no conocen al humano más que como depredador, y que mueren demasiado jóvenes sin haber recibido una caricia a tiempo.
O peor, que después de una vida o unos años donde han conocido el cariño y el estómago lleno, vivan el abandono y la enfermedad.
La gratitud que me rebosa desde el interior me hace sentir culpable, pues ya se han acabado las oportunidades. El pensamiento recurrente de si he estado demasiado distraída, de si quizá hubiera dado demasiado poco amor, de si existe cualquier cosa que pudiera haber hecho diferente y que hubiera evitado tu muerte. Ese pensamiento se alimenta de mi energía, pero no permito que me domine.
Cada poco tiempo me digo a mi misma que has sido feliz, que has sido cuidada y amada, y que lo sabías. Y que, de alguna manera, por eso decidiste despertarnos antes de irte, y permitirnos abrazarte una vez más y sentir tu respiración.
Lo definitivo es difícil de asimilar, siempre, por nuestra mente humana. Los demás perros de la casa no se han acercado a ti, y me han ayudado a entenderla. Tú ya no existías en ese cuerpo, has salido, o has desaparecido para siempre, supongo que no lo sabré mientras viva, pero tu identidad ya no residía en ese cuerpo que tanto dolor te ha causado. Y tu cara de paz ha sido otro golpe al corazón, que esperaba que en cualquier momento despertaras y el llanto se transformara en lágrimas de alivio.
Pero de donde te has ido no hay viaje de vuelta, y no he podido asimilarlo hasta mucho después.
Esta es una carta de duelo, para mi, pero el hablarte a ti me hace sentirte viva y eterna, y quizá paliar la culpabilidad de no haberte dedicado cada segundo de mi vida y cada ápice de energía.
Soy consciente de que no funciona así, la vida. Pero el dolor nos nubla, y a mi me tiene sumida en un mar de niebla densa donde la tenue luz no es tranquilizadora.
Gracias, por dejarme cuidarte, por haber aparecido en mi vida y enseñarme a ser paciente, a reencontrar la ternura que había sepultado en mí, a enfrentar la muerte y la pérdida y así ayudarme a ser mejor aliada para tus congéneres.
Y adiós. Adiós, ser de luz, siempre vivirás con nosotros, y algún día espero reencontrarte, en otra vida, en otro plano, y poder comunicarme contigo como siempre deseé poder hacerlo en esta realidad.
Y lo siento, por todo lo que te haya podido faltar de mi, por todo lo que no he podido mostrarte de la vida, por cada segundo que hayas tenido que pasar sola en la tuya. Ojalá pudiera sentir tu perdón, tu amor, tus sentimientos.
Ojalá el dolor se vaya pronto, y deje paso a algo que merezca tu memoria.

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A Zoe

Ansiedad

Levantaba la cabeza de vez en cuando, para mirar por la ventana que tenía en la pared de enfrente, a un metro de distancia.
Veía un trozo de cielo desde ahí, sentada en el suelo del baño, otra vez.
El cielo era celeste hoy, salpicado de nubes blancas, pacíficas y suaves a la vista, y la luz blanca e intensa junto con el calor de la época no le ayudaban mucho.
Notaba la cara hinchada, tenía los ojos muy cargados de llorar, y empezaba a dolerle la cabeza, pero cada vez que conseguía controlar la respiración un pensamiento llegaba como un alúd y la arrastraba hacia el interior de su caja torácica, donde se hallaba atrapada, según sentía en ese momento, para siempre.
Se levantó y apoyó los brazos en el frío metal del quicio de la vieja y sucia ventana de aluminio, para tomar algo de aire. Cambiar la postura solía ayudarla, cuando empezaba a engarrotarse y encontraba una liana de voluntad a la que agarrarse.
Cuando miró el mundo, sintió una soledad indescriptible; era como una certeza tan absoluta y punzante como el dolor que sentía en el pecho.
Necesitamos a otros seres humanos. Los necesitamos para sanar, para evolucionar como personas, o cómo prefería llamarlo ella, para reencontrar nuestra verdad individual y nuestra paz, para reconectar con nuestra verdadera naturaleza.
Pero, ¿dónde estaban las personas?
Detectó movimiento en la calle y miró hacia abajo, donde, en un banco de la acera a pocos metros había sentado un hombre.
Estaba solo, con medio cigarro en la mano derecha y un cartón de vino del supermercado apoyado en el banco, entre las piernas.
Parecía que la soledad era parte de su vida diaria, también. O eso se imaginaba ella. Empezó a pensar en política, en que el sistema se encarga de alienarnos hasta que cada persona siente que es el último espécimen de una especie que ya no existe. Y lo logran de maravilla, si todos los marginados de la sociedad, las personas como ése señor que la sociedad ha relegado a la calle, a la autodestrucción y al nihilismo más cínico, tuvieran la capacidad de unirse en masa y defenderse, reclamar sus derechos como seres vivientes e hijos de este planeta…
Ya estaba otra vez flipando. La imaginación la llevaba constantemente a un mundo paradisíaco donde la raza humana había encontrado su razón de ser dentro de la Naturaleza y para ella, y nos tratábamos todos con amor.

El hombre del banco empezó a hablar solo a ratos, pero ella no distinguía sus palabras, solo sus gestos.
Se sentía muy cerca de ese hombre, de las personas que miraban alrededor y conocían la verdad. La verdad… que en este circo la que no se adapta y baila al son de la música que le tocan, se marchita y se condena.
Pero ella se sentía tan cerca de todas esas personas solitarias…
La soledad bien podría ser algo así, la conexión tácita entre todas las personas que no se conforman.
Ojalá también tuviéramos la capacidad de reaprender los procesos relacionales, para poder fabricarnos los paracaídas.
Se secó las lágrimas y se volvió a sonar la nariz, metió la cara debajo del chorro de agua del grifo del lavabo y se quedó ahí un rato.
La respiración se había calmado un poco y había dejado de llorar sin control. Ahora solo sentía una profunda pena y una presión similar al abrazo de una constrictor.
La crisis habría acabado en pocas horas, si tenía suerte, en menos, aunque la enfermedad seguiría al acecho, preparada para hacer a su persona ininteligible al resto de humanos.
Ya se tomarían las decisiones necesarias. La prioridad era salir de la oscuridad que no se disipa ni con linternas, y llegar a una en la que, al menos, se puedan encender unas velas.
Así que se secó la cara, salió del baño, se lió un cigarro y se tumbó en la terraza, a escuchar la vida, e imaginarse un sinfín de historias para cada sonido.

Ansiedad

Cadáver Exquisito

La noche siempre cuenta historias

Bajo la atenta mirada de la luna

y el viento no para  de hablar

Perdido en un mar de ideas

El alma estalla con cada señal de vida

En la más profunda laguna

las voces hostiles ya quedan silenciadas

Como un alma que merodea

En la oscuridad reinan los sentidos

Sinapsis que se entrelaza y disimula

En el humo flotan las palabras

Como solo el pensamiento crea.

Ya duerme la manada

Sintonía

Se pone fin a la mascarada

Sin nada más que añadir

Es tarde

En un eterno fluir.

Sara y David

Cadáver Exquisito

Estoy en un mundo oscuro, oscuro.

Estoy en un mundo oscuro, oscuro.

La niebla brilla con un poco de luz propia,

se entreven algunas formas.

Pero este lugar no tiene salida,

hasta que yo la cree.

Pues este lugar no existe,

al menos de piel hacia fuera.

Las manos en los oídos no acallan las voces.

Las lágrimas se convierten

en meros canales hacia lo profundo,

horadando cavernas entre lava, agua y oscuridad.

La noche más pura, es en este mundo.

La Nada nunca crea, nunca mengua.

La batalla sólo sirve para cansar.

Y agotada, no puedo ni perder en paz.

Estoy en un sitio siniestro, siniestro.

Ya desistí de escapar.

Y tampoco me quedo.

Las almas perdidas se burlan desde el limbo,

esperando, esperando.

Pero seguirán esperando, sin fin.

Al igual que yo.

Estoy en un mundo oscuro, oscuro.

El miedo

El miedo es un animal esquivo,

difícil de distinguir, uno se deja

caer en sus garras y, si no actúa a tiempo,

se ve arrastrado hacia su oscura,

oscura madriguera. Es entonces cuando el miedo

muerde y envenena, y la negra venda

con la que te cubres los ojos para no ver la masacre te confunde y desorienta.

Es duro escapar del miedo, pero ninguna bestia

es inmune a la fuerza

de la verdad.

Y la verdad siempre será un camino iluminado

por la riqueza del aprendizaje y el poder

de la excelencia personal.

El miedo al final, lo olvida uno muy por debajo,

en los primeros escalones.

El miedo

Fénix

Hace hoy un año, el ave fénix se vio en un segundo envuelto en llamas, y sus plumas del color de la tarde se redujeron a un montón gris.
Junto con la carne, los huesos y el alma.
De la magnífica ave apenas quedó un recuerdo flotando en el aire, unos momentos, hasta que una ráfaga de viento esparció sus cenizas por el suelo de la habitación silenciosa.
Esas cenizas eran la viva imagen de la calma, del vacío, de un final, de la Nada.
Pero el sol atravesó los cristales sucios de las ventanas, y brillaron los restos como si ahí aún hubiera vida, y se estremecieron de gusto como la arena de la playa al recibir el sol de la mañana en un día de invierno.
Y surgió (con el aliento de los seres que forman manadas para nunca morir de frío y el sol que nunca desiste) un movimiento suave y firme al tiempo.
El sol le dijo al viento:
– Ve.
Y el viento vino, y las cenizas volaron en él.
Pero ya no había cenizas.
Se movía por el suelo de mármol un polluelo despeluchado y torpe con apenas unas cuantas plumas rojizas.
Justo hace un año que el fénix murió, un día que hoy viene a su memoria mientras el viento levanta sus alas haciéndole brillar cual cometa rompiendo el cielo.
Una lágrima quizá caiga, como señal de vida tras la mirada, pero dichoso si alguien la recibe ahí abajo, pues dicen que las lágrimas de fénix son curativas.

Fénix

A veces…

A veces imagino que te mueres.

Guau, qué forma tan agresiva y sensacionalista de empezar un texto reflexivo. “A veces imagino que te mueres”. En mi mente sonaba mucho más natural.

Eso es un problema, la naturalidad que se pierde cuando se piensa demasiado en cómo decir las cosas. Pero tampoco soy partidaria de no pensar, obviamente. Hay que encontrar la armonía.

Mi armonía está en la honestidad, y para ser honesta conmigo misma necesito decir las cosas lo más parecido posible a como surgen de mi mente.

El caso es que a veces imagino que algo horrible pasa, y que tú no estás más. Y que todas tus cosas compartidas, que aun no son muchas, se quedan inertes para siempre.

Tu foto en mi pared, tu teclado del ordenador, las sábanas de tu lado de la cama. Veo todas esas cosas, en mi fantasía, y siento que ha habido un fallo en Matrix. Que alguien tiene que estar ahí para poner música en la televisión, para abrir el grifo de tu ducha, para servir un par de vasos de Jagger.

La existencia baldía de todas las cosas que son de ti, se convierte en una sombra gigante y cae sobre mi, trayéndome a la realidad.

Entonces lo que pienso es que quiero que estés aquí, a mi lado en el sofá, para poner mis piernas sobre las tuyas y mirarte fijamente hasta que te rías.

Ah, y que quiero escucharte latir, muy seguido, muy infinito.

A veces…